Un niño aburrido en su
habitación, decidió ponerse a jugar mientras esperaba la cena. Se
puso a pensar a qué jugar pero no se le ocurrió nada, no tenia
muchos juguetes, así que simplemente empezó a imaginar; uno a uno
empezaron a aparecer todos sus “amigos”, su cuarto ya no era
igual, ahora era tan enorme como una cuidad entera y en ese gran
espacio había un gigantesco parque de diversiones, con una infinidad
de juegos en los que podía jugar cuantas veces quisiera y aunque
fueran imaginarios tenía amigos y no jugaba solo.
El niño corrió y saltó por
toda su habitación, desordenándola por completo, estaba feliz, ya
no sentía aburrimiento, y como se estaba divirtiendo no escuchó la
voz de su padre llamándolo. Su padre cada vez alzaba más la voz al
mismo tiempo que crecía su frustración, pero el niño seguía sin
escuchar. Para su mala suerte su padre decidió levantarse e ir a
buscarlo; dando fuertes pasos subió las escaleras y paso a paso el
pisoteo era más intenso, tanto, que la escalera parecía
derrumbarse; al llegar al segundo piso giró a la derecha y al final
del pasillo vio la puerta de la habitación del niño, la vio y la
miró con odio, mientras su mirada enloquecía siguió caminando
fuertemente mientras se acercaba a la habitación, al llegar a la
puerta gritó fuerte llamando al niño, y no lo hizo una vez sino
dos, tres, cuatro veces, como para juntar más enojo con cada
llamado. A la quinta vez que lo hizo abrió la puerta, recorrió
lentamente la habitación con la mirada; todo el desorden lo
enfurecía más. Al mirar al suelo vio al niño; se estaba riendo y
eso lo hizo explotar. Rápidamente se acercó al niño, lo agarró
fuertemente del pelo y lo arrastró hasta las escaleras. La cara del
niño era completamente diferente, su sonrisa ya no existía, su
rostro de felicidad ahora era de miedo, y sus ojos estaban inundados
por las lágrimas. El padre sin querer aguantar los gritos de su hijo
lo soltó, haciéndolo rodar por las escaleras. Se escuchó el fuerte
golpe que dio el cuerpo contra el suelo del primer piso. El hombre
bajó lentamente. Al encontrarse con el cuerpo de su hijo decidió
volver a agarrarlo del pelo, para arrastrarlo esta vez hasta la mesa
que aún estaba servida. Levantó el cuerpo de su hijo y lo sentó en
la silla frente al plato que le correspondía. La comida seguía
caliente. El hombre miró al niño, sonrió y un momento después,
empezó a golpearle la cabeza contra el plato, fueron tantas veces y
tan fuertes los golpes que el plato terminó destruido y sus pedazos
incrustados en la cara del niño quien ya hacia un rato de muerto...
Cuando el hombre se dio cuenta
de este echo se hundió en sollozos que no podía parar preguntándose
el por qué de tanta furia y sin poder darse una respuesta...
-
Soy libre-. Algo pensó y después de eso se escuchó una dulce risa
alejándose de aquella fea casa de dos pisos. Ahora nadie le iba a
impedir divertirse e iba a jugar con sus buenos amigos por toda la
eternidad.
Tefu Pedrozo
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