martes, 20 de octubre de 2015

Un niño aburrido en su habitación, decidió ponerse a jugar mientras esperaba la cena. Se puso a pensar a qué jugar pero no se le ocurrió nada, no tenia muchos juguetes, así que simplemente empezó a imaginar; uno a uno empezaron a aparecer todos sus “amigos”, su cuarto ya no era igual, ahora era tan enorme como una cuidad entera y en ese gran espacio había un gigantesco parque de diversiones, con una infinidad de juegos en los que podía jugar cuantas veces quisiera y aunque fueran imaginarios tenía amigos y no jugaba solo.
El niño corrió y saltó por toda su habitación, desordenándola por completo, estaba feliz, ya no sentía aburrimiento, y como se estaba divirtiendo no escuchó la voz de su padre llamándolo. Su padre cada vez alzaba más la voz al mismo tiempo que crecía su frustración, pero el niño seguía sin escuchar. Para su mala suerte su padre decidió levantarse e ir a buscarlo; dando fuertes pasos subió las escaleras y paso a paso el pisoteo era más intenso, tanto, que la escalera parecía derrumbarse; al llegar al segundo piso giró a la derecha y al final del pasillo vio la puerta de la habitación del niño, la vio y la miró con odio, mientras su mirada enloquecía siguió caminando fuertemente mientras se acercaba a la habitación, al llegar a la puerta gritó fuerte llamando al niño, y no lo hizo una vez sino dos, tres, cuatro veces, como para juntar más enojo con cada llamado. A la quinta vez que lo hizo abrió la puerta, recorrió lentamente la habitación con la mirada; todo el desorden lo enfurecía más. Al mirar al suelo vio al niño; se estaba riendo y eso lo hizo explotar. Rápidamente se acercó al niño, lo agarró fuertemente del pelo y lo arrastró hasta las escaleras. La cara del niño era completamente diferente, su sonrisa ya no existía, su rostro de felicidad ahora era de miedo, y sus ojos estaban inundados por las lágrimas. El padre sin querer aguantar los gritos de su hijo lo soltó, haciéndolo rodar por las escaleras. Se escuchó el fuerte golpe que dio el cuerpo contra el suelo del primer piso. El hombre bajó lentamente. Al encontrarse con el cuerpo de su hijo decidió volver a agarrarlo del pelo, para arrastrarlo esta vez hasta la mesa que aún estaba servida. Levantó el cuerpo de su hijo y lo sentó en la silla frente al plato que le correspondía. La comida seguía caliente. El hombre miró al niño, sonrió y un momento después, empezó a golpearle la cabeza contra el plato, fueron tantas veces y tan fuertes los golpes que el plato terminó destruido y sus pedazos incrustados en la cara del niño quien ya hacia un rato de muerto...
Cuando el hombre se dio cuenta de este echo se hundió en sollozos que no podía parar preguntándose el por qué de tanta furia y sin poder darse una respuesta...
- Soy libre-. Algo pensó y después de eso se escuchó una dulce risa alejándose de aquella fea casa de dos pisos. Ahora nadie le iba a impedir divertirse e iba a jugar con sus buenos amigos por toda la eternidad.

Tefu Pedrozo

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